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Alojado en
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Anudas con los muslos mi cintura,
el sexo abierto al sexo y al combate.
Se estrella en ti la fuerza de mi embate,
domada por el beso y la ternura.
Mi instinto se despeña hasta tu hondura
y, en esta entrega recta y sin rescate,
la herida del deseo vibra y late
al ritmo de la recia encarnadura.
La fiebre se me enciende en los costados.
Me ascienden desde el fondo de la tierra
las savias de la vida y del ardor.
Conviven en el beso, entremezclados,
el planeta de amor en nuestra guerra y el planeta de guerra en nuestro amor
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Tu marido te ha advertido que mañana quiere ponerse la camisa de cuadritos azules, te ha dicho “Buenas noches” y se ha ido a dormir. Has de fregar y has de planchar la camisa del señor. Mientras luchas contra la grasa del puchero, él ya se ha arrebujado en la cama. Armas la tabla de planchar y te llega el primer ronquido. Arropas a los niños y el ronquido se convierte en trompeteo.
Medianoche. Te desvistes y te tiendes al lado de tu marido, procurando no distraerle el sueño. Cierras los párpados, dispuesta a dejarte mecer en la cuna de la pereza. Adoras esos brujos momentos en que se aflojan las riendas de la consciencia y, entre los últimos retazos de pensamiento lógico, asoman los perrillos juguetones de la fantasía. Vas cayendo en un pozo, al tiempo pesada y ligera, oscura y centelleante, cuando dos algos te retienen a este lado de las cosas. El primer algo es la mano de tu marido que te abarca, como al descuido, el pecho izquierdo. El segundo no es la mano, sino una especie de broca dura y caliente que crece contra tu rabadilla. Intentas apartarte unos centímetros del poco apetecible cuerpo de tu esposo delante de Dios y de los hombres. Vano intento. Solo consigues oscilar peligrosamente en el borde de la cama mientras la presión continúa.
Te resignas a lo inevitable: a lo que con otro es amor y con el de siempre es débito conyugal. Procuras, para endulzar el trago, ajustar los mecanismos de la mente de modo que la piel de tu marido no sea, para ti, la suya, sino la de cualquier otra persona. En un apasionado concurso en que queda tercero Sean Connery y segundo George Clooney, proclamas vencedor a Carlos, el compañero de oficina que nunca reparó en ti quizá porque tartamudeas cada vez que le diriges la palabra. La argucia da sus frutos. Las caricias de Carlos, porque sientes que es Carlos quien te tienta las carnes, van agitándote la respiración. Carlos sabe. Te roza el pezón con las yemas de los de dedos, al principio con tacto ligero, luego con mayor energía. Tu pezón se hincha, se abulta, exige el pellizco que te propina Carlos con las uñas. Se te humedecen los bajos. La mano emprende audaces andaduras por tu cuerpo. Te cosquillea la cintura, envía un dedo audaz a la cuevecilla de tu ombligo, explora tu entrepierna chapoteando en humedades. Jamás te acarició tu marido de esta forma. El cuerpo de tu pareja te sabe a nuevo. Hay en él un fuego insospechado en lugar de la rutina de costumbre.
Lo que no puedes saber porque te faltan datos, lo que ignoras, es que tu marido no ha apretado tus pechos. Apretó los de Julita, la vecina de la puerta 12 con la que fantasea hace tiempo. Fue su recuerdo el que le ahuyentó el sueño y le encendió los fondos. Hay en la manos que te palpan, en la verga que palpita contra tu carne, un vigor desconocido, una apasionada sabiduría que no te sorprende porque los imaginas en Carlos, del mismo modo que a tu esposo no le extraña tu dulce respuesta, tu apasionada receptividad, porque ha sabido desde siempre que Julita es así.
La pasión toca el tambor en vuestros traseros. Media vuelta de tuerca en la carne excitada y el Kamasutra queda en apacible lectura de novicios y el Ars Amandi en cuento propio de jardín de infancia. Ya no sientes la broca en tu rabadilla, sino en el vientre. Diste la vuelta y quedaste cara a tu pareja. Mantienes los párpados prietos para retener la imagen de Carlos, sus rasgos, su fisonomía. ¡Soñaste tanto con este momento! Te abraza, te estruja con hambre. Con hambre clavas tus uñas en sus nalgas. Luego, con una audacia desconocida en ti, buscas su verga con los labios, la chupas, la contorneas con la lengua. Nunca acariciaste de este modo a tu marido. Ni se te ocurriría. Con Carlos es distinto. Tu esposo, por su parte, no se sorprende ante tu empuje. Presentía que Julita era así: ardiente, pasional, inagotable.
Tú y tu marido componéis –ya era tiempo- una melodía exacta, un concierto vibrante de pasión y de jugos. Sin embargo hay una nota falsa en vuestra sinfonía. Vosotros pusisteis los instrumentos, pero son otros quienes los tocan. Si apareciera el diablo y os ofreciera el supremo conocimiento a cambio de venderle el alma, tú aceptarías el trato porque te pierde la curiosidad y tu marido haría lo propio, ya que él, si se trata de vender, vende lo que sea. Entonces descubriríais la verdad: ni tu marido ni tú estáis en la cama. Quienes retozan en ella son Carlos y Julita, a pesar de no conocerse de nada. Son Julita y Carlos quienes, si no son dioses, al menos se comportan como tales. Son Carlos y Julita los sabedores de que el fuego más adorable se enciende con leños ajenos. Mejor pues que tu marido y tú os retiréis discretamente y os dediquéis a vuestros asuntos, mientras Julita y Carlos siguen cociéndose en el horno de los sentidos hasta trasmutarse en dos montoncillos de carne agradecida. Cada cual ha de cumplir con su papel en la farsa.
Pero el diablo no ha aparecido. Es viejo y ya no está para estos trotes. Su ausencia os ha privado del conocimiento supremo. Se os escaparon las evidencias. Por eso seguís sudando en la cama, anudando brazos y piernas, intercambiando salivas y jugando a ser quienes no sois, pero todo está en orden, ya que son vuestra propias huellas dactilares las que se estampan en la carne contraria, y un añejo certificado de matrimonio convierte en virtuoso el abrazo más adúltero que vieron los siglos.
Cuando al fin se disparan los resortes y se alivian los cuerpos, Julita y Carlos se incorporan y se alejan de puntillas del lecho, aunque no veáis como lo hacen. Tu marido y tú permanecéis acostados en tanto ellos se dan, antes de separarse, un último beso en el portal. Se ha cerrado el ciclo, y si la historia se ocupara de estas pequeñas cosas, tal vez registraría en los anales que una pareja desconocida se amó en vuestro lecho, o quizá reflejara lo aparentemente obvio y os atribuyera a vosotros el encuentro de amor, y hasta puede que rizara el rizo y defendiera la tesis de que habéis sido cuatro quienes os palpasteis las pieles. Pero la verdad pura y simple es mucho más sencilla: Tu marido te exigió el débito conyugal, y tú, que eres una esposa honesta, le complaciste con toda diligencia.
Palabra de Dios.
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Culo gordo. La llamabas “culo gordo”.Tienes un año más que Sonsoles. Un año semeja poca cosa, pero de niños es toda una eternidad. Nacer doce meses antes da bula a un varón para tirarle del pelo a su prima, esconderle los juguetes e imaginar mil y un modos posibles de hacerle rabiar. Pero ahora es otra historia. Ya no la llamas “culo gordo”. Ni se te pasa por la cabeza. Culo bonito, sí. Culo adorable, también. Culo gordo, jamás.
Te ahoga el golpeteo de tu propio corazón. Es tan rotundo, tan total, que casi te impide respirar. Sonsoles está al otro lado de la puerta entornada. Basta dar unos pasos para tocarla. Ni siquiera es preciso que des la luz. Conoces la ubicación de cada mueble. Has pasado muchos veranos en casa de tus abuelos y podrías trajinar por ella con los ojos vendados. Pero se te hace una montaña avanzar. ¿Recuerdas? Cuando te sentías cariñoso, rascabas la espalda de tu prima y ella quedaba muy quieta, talmente parecía una gata mimosa. Era entonces menuda y desmedrada. El cambio fue después, ahora hará seis años, cuando cumplió los doce. Una fiebre primaveral elevó su temperatura dos grados y medio y diez centímetros su estatura. Y solo fue el principio. El fiebrón puso en marcha los oscuros mecanismos que llevaba dentro y se iniciaron variaciones, primero sutiles y luego visibles, en la estructura de su cuerpo. Se afinó su cintura, sus caderas se redondearon, se le infló la blusa de dentro hacia fuera y le nació en la mirada un brillo húmedo que tenía muy poco de infantil. Dejó, por entonces, de pedirte que le rascaras la espalda y también por entonces tuvisteis la última de vuestras peleas cuerpo a cuerpo, una pelea rara, porque le palpaste por sobre la ropa bultos cálidos que antes no existían y Sonsoles notó también, en el calor de la refriega, un algo nuevo y duro tuyo contra su vientre. Os separasteis avergonzados aun sin saber de qué, sintiéndoos todavía más inseguros y más niños que cuando lo erais. Y luego, cuando tu prima tenía quince cumplidos y tú dieciséis, ocurrió lo de la revista.
Un crujido. Ha sido un crujido. Es lo que tienen los viejos caserones. Crujen. Muros, jácenas, vigas y pilares se contraen y dilatan igual que si hicieran el amor, como si intentaran acoplarse todavía más en su abrazo de más de un siglo. Retienes la respiración, pero tanto da. El acelerado latir de tu corazón lo llena todo. ¿Dormirá Sonsoles? Hace un rato, no. La oíste gemir. Era el suyo un gemido hondo, caliente y oscuro, de mano acariciando la entrepierna. Fue esa conciencia de su placer solitario la que te hizo saltar del lecho, el sexo erguido y duro. Luego, ya en el pasillo, quedaste paralizado. Y así sigues. ¿Qué estabas recordando? Sí, la revista. Pero las cosas por su orden. Primero fueron los amigos: “oye, tu primita se ha puesto buenísima, tienes una tetas de toma pan y moja y un culo que ni te cuento”. Comenzaste a verla con otros ojos. Estabais, como todos los veranos, en casa de los abuelos y te tropezabas con ella continuamente. Veías su ropa interior en el tendedero y tus oídos se llenaban de su risa cada dos por tres. Despierto te resistías mal que bien a tu obsesión, pero por la noche era bien distinto. Sonsoles llenaba tus sueños. ¡Cuántas veces le acariciaste los pechos! Te zambullías en su escote y nadabas por su cuerpo, en esa cruda verdad que es más real en el sueño que la realidad misma, chupabas sus pezones que sabías oscuros –al menos así lo fueron cuando eran simples botoncillos sobre un pecho liso-, le abarcabas las caderas con las manos, buscabas su boca para atar en una vuestras lenguas, y, cuando juntabais los vientres, te llenaba el orgasmo y despertabas con el pantalón del pijama manchado de esperma. Permanecías entonces un rato despierto, sabiendo que el dormitorio de Sonsoles estaba al final del pasillo y que el sueño de tus abuelos era pesado y no se les podía despertar ni a cañonazos. Fueron noches de tortura que solían resolverse con una furiosa masturbación que te acercaba, a tu juicio, un buen trecho más al infierno.
Y luego la revista. Era un semanario como cualquier otro: unas cuantas fotos de chicas desnudas y dos o tres artículos de opinión que a nadie interesaban. La hojeabas, saboreando muslos firmes y traseros respingones, cuando la viste. No, no era Sonsoles, ni siquiera se le parecía, pero al tiempo la recordaba muchísimo. Tenía su misma expresión: esa media sonrisa, su inconfundible mirada pícara y burlona e idéntico modo de reclinar la cabeza sobre el pecho. ¡Te masturbaste tantas veces mirándola! Y lo más curioso: Cada día que pasaba te parecía tu deseo más factible y más limpio, que Dios se desinteresa de los pecados de cintura para abajo. ¡Sonsoles, te necesito! Te necesito: Mira mi sexo. Se agazapa en él la fuerza de los mundos, el empuje del viento y del terremoto, todo eso es tuyo. Tengo en mis testículos la marea, el reflujo del mar que busca que naufragues en mis jugos, en mis manos se esconde el hambre de los pueblos desamparados, en mis riñones el ímpetu de la tempestad y la galerna, te duchabas, eso fue ayer, y yo te espiaba por el ojo de la cerradura, es lo bueno que tienen las puertas de las casas antiguas, basta aplicar el ojo y ves, te veía joven, hermosa, una diosa, el agua sobre ti, resbalando por tus hombros, deslizándose por tus pechos redondos de pezones rugosos y duros, contorneándote el cuerpo, refugiada en la cuevecilla de tu ombligo, dibujando la convexidad de tu vientre, zambulléndose en el vello rizoso de tu sexo, si te dabas la vuelta mi mirada quedaba prendida en tus nalgas blancas, en tus piernas musculosas y largas, en tus pies, en ti, en ti, EN TI CON MAYUSCULAS, me volveré loco, sé que me volveré loco si no te consigo, Sonsoles, lo sé, lo sabes, es una verdad absoluta, no hay otra mujer que tú en el planeta Tierra y la vida no es nada sin tenerte…
Pero calma, muchacho, calma. No dramatices. Tranquilo. Vamos a ver: Estás en el pasillo, a oscuras, justo a la puerta del cuarto de tu prima. Respira hondo. Ella suele sonreír y decirte: “Siempre vas como jorobado. ¿No sabes ir recto?” Es la única forma que has encontrado de mal ocultar tus erecciones. Su sonrisa es pícara, siempre lo fue. “¿No sabes ir recto?” preguntaba. ¿Cómo quieres que vaya, Sonsoles? ¿Con la lanza en la mano como Don Quijote?
Cuenta hasta cien. Reúne en ti el valor de los héroes. Alea jacta est, sentenció Julio César al cruzar el Rubicón. Lo difícil fue cruzar el río, luego vino todo rodado, cosa de coser y cantar. Tu río es una puerta, abierta por más señas. “Un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la Humanidad”. Esta es tu Luna, tu tierra prometida, tu imperio, tu infierno…y también tu paraíso. Resta solo un impulso mínimo. Dalo.
Tragas saliva. ¡Ay el culo gordo, cómo te lleva! Guardas unas braguitas suyas, las tomaste a hurtadillas de la cesta de la ropa sucia. Huelen a ella, conservan sus aromas más íntimos. En ocasiones las acercas a tus narices, incluso has llegado a chuparlas mientras te tocas el sexo. Eres su esclavo. Eres el esclavo de tu prima. Y así te ves ahora, en la misma puerta del cielo o del descalabro, ser o no ser, avanzar o volverte atrás, llegó el momento de la decisión última.
Y entonces, justo entonces, llega a tu oído, llena, pícara, subyugadora, ronca, prometedora e incitante, la voz de Sonsoles:
- Primo ¿vas a quedarte ahí toda la noche? Pasa, hombre…Hace mucho tiempo que no me rascas la espalda.
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Culos de mujer
Os quiero.
Glúteos musculados, enjutos y fibrosos de corredora olímpica de mil quinientos metros.
Culos de nerviosa lagartija, de gitanilla y olé, que baila zambra y olé, y se mueve, se mueve, se mueve al ritmo del rasgueo.
Traseros minerales, pesados y cobrizos de india del altiplano.
Culos de monjas, blancos como trajes de novia, que nadie ha pellizcado salvo en las sacristías.
Nalgas de colegialas cubiertas por braguitas compradas por mamá.
Glúteos de bailarinas del ballet “Tropicana” de la Cuba de Castro.
Culos serios y honestos de señora casada, hacendosa y decente, con ojete fruncido y bragas que sujetan.
Traseros respingones, rotundos, curvilíneos, divinos, esplendentes.
Culos de carne dura sambeando la samba bajo el cielo de Río.
Trasero que va y viene, trasero de palmada, que me cruzo en la calle y me escarba en las ingles.
Nalgas de adolescentes con pelusilla rubia que se hace sol al sol.
Culos bamboleantes, manteca y celulitis de las Gracias de Rubens.
Grupas maravillosas de masaje diario, sin un gramo de grasa, de las callgirls más caras de todo Nueva York.
Allí donde la espalda pierde su honesto nombre, se impone vuestra gloria, nalgas suaves, gemelas. La regata es camino del camino de entrada.
Glúteos adolescentes entrevistos y vistos al subirse las faldas por viento o picardía.
Pellizco que se escapa del alma y que se hinca en duras redondeces.
Culos ya en la frontera, de carnes fatigadas de mantenerse firmes.
Traseros de maestras que enamoran a niños a los que enseñan cosas.
Culillos quinceañeros de lolitas traviesas que merecen que alguien las ponga en sus rodillas, les levante las faldas y les dé unos azotes que enrojezcan su culo.
Glúteos de nadadora, elásticos y prestos, que aguardan el momento de endurecer el agua.
Culos de discoteca moviéndome los ojos en un pimpón continuo.
Traseros lujuriosos que, al notar que me excito, se me apoyan a plomo contra la verga enhiesta en el vagón del metro.
Tu culo, valenciana, que sueño y que no tengo.
Trasero de quien quiero, cuyos vientos conozco, porque duerme a mi lado cada día del año.
Grupas, pura armonía, que giran, increíbles, en la pista de hielo.
El primer traserillo que yo sobé y palpé por bajo de la falda.
Culo de vecinita sorprendida al descuido –o no tan al descuido- mientras se desnudaba ventana con ventana.
Traseros rayos uva bajo trajes chaqueta y teléfonos móviles de mujeres de empresa.
Culos de puta vieja, cuyas regatas saben de millones de pollas.
Nalgas de niña tonta que cree que el mundo es bello, el amor muy hermoso y ella muy desgraciada.
Culazos de hembra de antes, de cuando se comía jamón, carne y chorizo en vez de proteínas, hidratos light y fibra.
Trasero imaginado de esa “Maja desnuda” que Goya, por ser sordo, solo pintó de frente.
Culos de secretaria mirados desde abajo, al pie de la escalera de aquella estantería en que están los archivos que ella solo maneja.
Grupas, nerviosas, jóvenes, que por maravillosas solo existen en sueños.
Redondeces y curvas que acarician la vista.
Pedernal, frío y brasa. La brasa que me abrasa, escondida y fruncida, el frío en los costados, y el pedernal tu carne, nieve, azúcar y mármol.
Tu culo. Sí, tu culo. A ti te digo, amiga, que ahora me estás leyendo.
¡Olvido tantos culos, tantas nalgas que amo!
No escribiré sonetos que traten de tu culo. Un soneto son versos y tu culo es más serio.
Nalgas de las portadas y páginas centrales de “Playboy”, tan perfectas que solo algún fotógrafo ha podido inventarlas.
Culos de calentonas de dedos viajeros que entran en los ojetes y los llenan de fuego.
Traseros de señoras que lucen enfajados y coinciden en bodas, en fiestas y en estrenos.
Oficinistas jóvenes de grupas bullangueras sobre piernas larguísimas que escriben al dictado de jefes que las miran hambrientos de sus culos.
Culos de amiga-amante que sabe acomodarse a que durmamos juntos, a gusto y acoplados.
Culos de colegialas que ríen y se duchan –veinte niñas duchándose- al terminar su clase diaria de gimnasia.
Traseros juguetones de putilla decente que encela y se resiste.
Ancas majestuosas de top model con clase, que luce trasparencias sobre una pasarela.
El culo que deseo desde que sueño culos.
Tu culo, vida mía.
Traseros revoltosos de animadora rubia del equipo de basket de este o aquel colegio.
El culo apetitoso de la mejor amiga de mamá, que me besa y me revuelve el pelo como si fuera un niño.
Traseros de enfermeras que me han puesto inyecciones en este culo mío.
Grupas bajo las burkas, en perpetuo escondite tras esas burdas telas.
Tu culo, Marisol, en aquel “Interviú” de hace ya tantos años.
Los glúteos y las nalgas, las grupas, los traseros, de todas las mujeres que conozco, de las que no conozco, de todas las mujeres que he soñado desde que vine al mundo, de todas las mujeres que sueñe en el futuro.
Todos los culos de mujer hechos un mismo culo.
Un solo culo.
Sueño que lo acaricio y que lo cosquilleo. Que lo rasco suave. Sueño que lo pellizco, lo sobo, lo palmeo, lo magreo, lo palpo, lo exploro, lo recorro. Busco su gruta íntima. Busco ese frunce oscuro que es centro de mi centro. Lo beso, me aventuro en círculos calientes, lo lamo a lengüetazos de deseo y saliva. Disfruto siendo perro, con maneras de perro, que huele en chapoteo el culo de las hembras y sigue con la lengua su dulce geografía.
Hoy quiero zambullirme y hacer del beso negro un beso luminoso. Buscarlo con el dedo mojado de saliva. Entrar en él, domarlo, relajarlo, agrandarlo. Mi verga se estremece, dura, enhiesta, caliente. Preparo con el dedo ese empuje más recio. Ven. Ponme los talones encima de los hombros. Así. Ajusto la verga en tu puerta de carne. Empujo poco a poco. Tu culo me recibe. Me estaco entre tus muslos. Me estrujas con los músculos de tus glúteos hambrientos. Conjugación perfecta. Somos uno y ninguno, y dos, y yo en tu culo, mujer. Te sodomizo. Estoy en ti y me ciñes. Me encierras. Eres guante. Mi funda. Mi refugio. Y me derramo en ti.
Eres un solo culo. Y me derramo en ti.
Todos los culos de mujer hechos un mismo culo. Y sigo derramándome.
Los glúteos y las nalgas, las grupas, los traseros de todas las mujeres. Os quiero y os deseo. Son latidos ahora. Latidos en resaca. En plena retirada.
Los culos. Las últimas pulsiones.
Sí, los culos. Y la paz que es preludio de mil nuevos combates.
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Escribo estas líneas el lunes de Pascua. Todavía me tiemblan las piernas. Jamás olvidaré el último Viernes Santo. Tampoco olvidaré la Cofradía de la Segunda Caída de Jesús, ni ese paso que cinceló Salcillo y fue nido, techo y tantas cosas más para mi cuerpo serrano. Pero vayamos por partes. Me llamo Carla. Tengo veintitrés años. Mido uno setenta y dos y peso sesenta y tres kilos. Soy castaña. Pechos altos. Piernas larguísimas. Culo respingón. Gusto. Los hombres suelen opinar que estoy buenísima. Hablan por hablar, ya que la mayoría no me ha probado. Los costaleros de la Cofradía de la Segunda Caída de Jesús me han catado y también lo dicen. Ellos hablan con conocimiento de causa. Será verdad lo de mi buenez.
El Viernes Santo a mediodía estaba muy nerviosa. No sabía si iba a atreverme a hacerlo. Había aceptado la propuesta de Mario –más que propuesta, reto- porque soy una numerera. También bastante puta. Me duché, me sequé con la toalla grande y me puse el liguero negro y las medias. Me miré en el espejo. Sí. No era Venus naciendo de las aguas, sino Carla salida de una lencería en que no hubiera braguitas ni sujetadores. El vello del sexo era brochazo oscuro en la albura del vientre. Y el liguero. Y las medias. Y la sonrisa de golfa que me gasto cuando estoy cachonda. Porque estaba muy cachonda y el corazón me zapateaba por debajo de las tetas. Deshice el paquete que me había traído Mario y extraje de él la morada túnica de nazareno, la capa, el cíngulo y el capirote. Me pasé la túnica por la cabeza, le ceñí el cíngulo y me puse la capa. También unos zapatos bajos y el capirote. Perfecto. Irreconocible. Solo se me veían las pupilas a través de los agujeros de la tela que cubría mi cara. Con mi estatura, nadie diría que era una mujer. El plan se iba desarrollando a la perfección. Si Mario había ocultado la tabla con ruedas debajo del paso y había avisado a sus compañeros, la tarde iba a ser sonada.
La procesión comenzaba a las seis. Un cuarto de hora antes yo estaba junto al paso de la Segunda Caída de Jesús. El paso era grande de veras: cuatro metros de largo por dos y medio de ancho. Cristo estaba caído de bruces, casi aplastado por la cruz. Dos soldados romanos le observaban con gesto adusto sin hacer nada por ayudarle. Las figuras eran de tamaño natural y se hallaban firmemente sujetas al armazón de las angarillas que los costaleros habían de acarrear por la ciudad. Los flancos del armazón se hallaban cubiertos por colgaduras moradas.
Me acerqué al paso y, aprovechando la confusión, levanté un pico de la colgadura y me colé dentro del armazón. Me quité el capirote, claro. Aun así, me daba con la cabeza en la parte de abajo del armazón. Paciencia. Cuando los costaleros cargaran con las angarillas, se alzaría el paso y tendría más espacio. Aunque tampoco iba a estar de pie. Ni mucho menos. A la escasa luz que se filtraba desde el exterior vi la tabla con ruedas. Estaba a mi alcance. Me senté sobre ella y busqué dónde agarrarme con las manos. Ni hecho adrede: Colgaban cuerdas, como de un metro de longitud, del fondo del paso.
Las seis. Sonaron las matracas. Se oyó la voz del capataz: “¡Vamos con él, valientes!”. El paso temblequeó y se alzó sobre los músculos de los costaleros. ¿Y Mario? ¿Dónde se había metido Mario? Como si me hubiera oído. Entró en el cubículo: “Los demás ya lo saben. Irán entrando en cuanto nos pongamos en marcha”.
No tenía frío. Me quité capa y túnica y até las prendas con una de las cuerdas colgantes. Cuando el paso comenzó a moverse, me arrodillé en la tabla –era un artilugio parecido a ese en que los mecánicos se acuestan de espaldas para mirarles las tripas a los coches-, así dos de las cuerdas con fuerza, con la idea de ir arrastrada por el propio paso, y aguardé. Muy poco. Unos segundos. Entró un hombre. No le veía la cara. Se alzó la túnica de penitente y se bajó la cremallera de los pantalones. Le atrapé el miembro con los labios y lo noté crecer en mi boca mientras el paso avanzaba calle San Antonio abajo y miles de personas admiraban al Cristo caído e incluso a los soldados romanos, bien ajenas a que en la parte inferior de las andas, bajo del grupo sagrado, aquí, la nena, le estaba chupando la polla a un costalero. El segundo hombre era más recio y un poco más bajo. No tenía que agachar la cabeza como el primero. Tenía también la cosa más pequeña. Comencé a lamerle los testículos y no paré de hacerlo hasta que se volvió a oír la voz del capataz “¡A la derecha!”, y el paso giró para embocar la plaza de Andalucía. La adrenalina me salía hasta por el coño. ¡Era todo tan fuerte, tan tremendo!
Una voz de mujer comenzó a cantar una saeta. El paso se detuvo. El costalero que estaba conmigo –era el cuarto, no, el quinto- aprovechó la ocasión. No me tumbó en la tabla sino en el asfalto de la calzada, y me montó. Sentí su polla, pura piedra caliente, abriéndose camino por los vericuetos de mi sexo. Empujaba fuerte, en tanto la saeta seguía lenta, gritona, dolorosa, colgando ayes lastimeros de los balcones. Apreté, con los músculos de la pelvis, el miembro del costalero desconocido. Le ordeñé la polla, consciente del riesgo de que terminara la saeta y el paso prosiguiera su andadura dejándonos al descubierto.
“Virgencita del Rocío, haz que se corra enseguida. Que no nos pillen” murmuré. Y justo entonces…
“Mamá, Paqui me ha estirado del pelo”.
Apartas los dedos del teclado y la vista de la pantalla del ordenador. El relato erótico que estás escribiendo puede esperar. Lo primero es lo primero. Tu hija mayor ha estirado del pelo a tu hija pequeña. Ese es el problema urgente.
“Es que no podéis jugar sin pelearos…”suspiras. Mientras lo haces, Carla mengua diez centímetros en estatura, gana tres kilos de peso y se convierte en Paca. Te conviertes en Paca y cumples años a la carrera hasta llegar a los treinta y cuatro, y se te achican y vencen los pechos –no demasiado, pero se vencen- se te ensancha la cintura y se acortan tus piernas. Se forma “piel de naranja” en la parte superior de tus muslos, y te vuelves miope y un punto cansada, porque esta mañana no podías con el carro de la compra y después de comer no has conseguido dar una cabezada en el sofá, debido a que están de obras en la casa de al lado y arman un ruido de no pegar ojo.
Consultas el reloj. Las ocho. Ramón llegará en un momento. Ramón…El mejor de los maridos. Trabajador. Atento. Buena persona. Sólido. Un padre magnífico. De la clase de hombres a los que nunca encontrarías follándose a una golfa en las tripas de un paso de Semana Santa. Ramón no es fuego. Es piedra, cimiento en que descansa la estructura del hogar. Lo amas porque amas la vida que lleváis, y amas a tus hijas y el status conseguido. Lo amas con la cabeza y el estómago, que son partes del cuerpo bastante más sabias que el coño. Ramón te es tan necesario como un brazo o una pierna. No imaginas la vida –ni la visa- sin él. Y no es malo en la cama. Te satisface, aunque a veces sientas un algo que te ronda por dentro y te reseca la boca, un desasosiego que, si es de día, te obliga a sentarte frente al ordenador e hilvanar historias que luego te publican en Todorelatos, historias en que tú eres Carla, amoral y promiscua, y, si es de noche, te impulsa a masturbarte en silencio –no sea que Ramón se despierte- jugando a que es Carla quien se masturba, o, mejor aún, a que Carla acaricia el torso desnudo de un hombre o a que frota la palma de la mano en su vientre y le susurra palabras cochinas al oído. Piensas entonces que, por encima del cielo de la gente de orden, hay otro cielo más satisfactorio al que se suele llamar infierno. Pero eso es a veces. La mayoría del tiempo eres una mujer feliz.
Bañas a las niñas y les das la cena. Cenáis Ramón y tú. Veis un rato la tele. “He de buscar unos datos en Internet. ¿Te importa?” sonríes.
No le importa. Te sientas frente al teclado. Relees lo escrito. Te pones en situación. Sigues escribiendo.
Y justo entonces el costalero se derramó en mí. No sé. Estaba loca. Debía sentirme aterrorizada, pero estaba ¿estoy? loca. Jamás me he sentido tan viva como tumbada en la calzada, en la confluencia de la Plaza de Andalucía con la Avenida de Colón, más o menos a la altura del semáforo, con un hombre estrujándome contra el asfalto con su peso, un hombre sin cara, ni nombre, ni apellido, un hombre que me subía a la meseta del gusto, y la saeta llegaba a su final, nosotros también, en concierto de gemidos propios y ayes ajenos hechos música no sé si mora o cristiana. Fue un milagro. Gracias, Virgencita del Rocío. No nos pillaron por muy poco. Nos levantamos del asfalto cuando el capataz ordenaba que el paso reemprendiera camino. Me arrodillé en la tabla de ruedas, agarré las cuerdas y me preparé para chupar la siguiente polla.
No lo he dicho todavía, pero comerse un rabo mientras repiquetean los tambores constituye una notable experiencia. Es quehacer que templa el espíritu. Los tambores conceden la necesaria solemnidad al acto. La lengua se acomoda a su ritmo. Coincidiendo con el acelerado repiqueteo de los palillos en los parches, se acompasa y da golpecillos estimulantes y repetidos en la parte inferior de la polla, justo donde más gusto tienen los tíos. Cuando el sonido de los tambores gana en intensidad y se ralentiza –un golpe, medio segundo de silencio, otro golpe-, la lengua emprende aventureros recorridos a lo largo del miembro rígido y la boca se convierte en estuche de saliva. Se hace angosto el paladar, convertido en vaina de la masculinidad del enésimo costalero. Ritmo. Ritmo majestuosos y sincopado. Ritmo.
Otra vez el capataz. Ahora daba la orden de ¡alto! Debíamos haber llegado a la Plaza del Carmen. Allí se produce cada año el encuentro del paso de la Segunda Caída de Jesús con el paso de Simón Cireneo. Cinco o seis minutos de diálogo de trompetas y tambores, saludos entre los camareros mayores de las dos Cofradías, y cabeceo de angarillas sobre el propio terreno. Yo seguía chupa que te chupa, cuando sentí miles de manos que me palpaban el cuerpo. Varios costaleros habían aprovechado el encuentro de ambas Cofradías para darse un gustazo. Se habían colado bajo el paso y me tentaban las carnes. Unos dedos escarbaban en mi sexo, otro intentaban entrar en mi trasero y lo conseguían, había manos abiertas que me aplastaban los pechos y me abarcaban los glúteos. Manos y dedos me vestían. Me modelaban. Me contenían. Me encendían. Me calentaban. Me ponían cachonda.
“Paca ¿te acuestas? Es la una”.
La una. La asistenta vendrá mañana a las ocho y cuarto. Es tarde ya.
Carla va desprendiéndose de las manos de los costaleros y vuelve de este lado de las cosas. Imagínate, Paca, la perplejidad de esos hombres en su mundo erótico y paralelo: un segundo atrás sobaban a Carla. Ahora les desapareciste, te escurriste entre sus dedos. Suspiras, guardas lo escrito y apagas el ordenador. ¿Ramón tiene calcetines limpios para mañana? Sí. Los has guardado este mediodía en el cajón de su mesilla de noche. Al cuarto de baño y a dormir, niña buena.
Te acuestas, das un beso ligero a Ramón en la mejilla, te apartas cuanto puedes de él y comienzas a masturbarte casi sin moverte. Sabes hacerlo. Estás acostumbrada. Que no se entere tu marido, eso sobre todo. El erotismo no ha de hacer peligrar el amor. Cuando consigues un orgasmo plácido y largo, te dispones a dormir y tu último pensamiento es pensamiento doble y antagónico. Decides que mañana harás ese arroz con costillas de cerdo que tan rico te sale y, al tiempo, cavilas en como salir de debajo del paso, ponerte la túnica de penitente y aprovechar la ocasión para chupar cuatro o cinco pollas más.
Montaste así tu vida, Paca. Es fundamental para ti dar una buena imagen. Y las buenas imágenes, para ir y venir con galanura por la vida, necesitan tener a mano –tú lo sabes muy bien- al menos un par de docenas de costaleros fuertes y dispuestos.
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Llego a casa y saco las compras: una camiseta azul pálido monísima con escote de barca y un pantalón elástico negro que me sienta de cine. Escucho el contestador. “Pepa, hija, llámame en cuanto llegues”. La llamada diaria de mamá. Nunca falla. Llueve o truene, quiere hablar conmigo a diario. “Pepa, te echo de menos. Si te llamo esta tarde desde el patio ¿me invitarás a subir?” Sonríes. Jaime hace siempre su santa voluntad. Desaparece un mes entero y luego se presenta como si nada. Puede permitirse hacerlo. Es divino en la cama. Una tercera llamada: Pepa, amor, tengo muchísimas ganas de verte. Pasaré esta tarde. Un beso muy fuerte”. ¡Mi dulce Teresa! Así que ya volvió de Santander. No es justo. Estuve aburrida como una mona toda la semana y hoy tengo dos posibles citas. No pienso elegir. No puedo hacerlo. Que decida la suerte. Saldré con quien llegue primero. Se admiten apuestas. ¿Ganará Jaime? ¿Ganará Teresa? La solución de aquí a un rato.
Pero, ahora que lo pienso, dejar que decida la diosa fortuna tiene sus inconvenientes. ¿Cómo me visto hoy? Jaime prefiere que vaya exagerada: falda ceñida y camisa dos tallas menor. Teresa es distinta. Le encanta que lleve ropa mona. Tenemos el mismo gusto. Si salgo con ella llevaré pantalón y la camisa rosa que compramos juntas en Massimo Dutti. Teresa me besó en el probador. Me miró a los ojos, me sorbió el seso y me besó. Cada vez que me pongo esa blusa recordamos aquel primer beso. La verdad es que soy rara. Hay dos mujeres en mí. Me gusta ir mona y me gusta ir ceñida, ser un poco puta, encelar a los tíos, presumir de tetas, ponerme ropa interior de sex-shop. Total, que le doy a todo. Mejor para mí. Más oportunidades.
Me ducho. Me seco con la toalla de baño y me examino desnuda en el espejo. Bien. Veintisiete años que parecen menos. He de recortarme un poco el pelo. Cuando lo llevo largo se me come la cara. Todavía no tengo arruguillas en los ojos. Guapa, guapa no soy, pero tampoco fea. Teresa opina que tengo una mirada muy dulce. Jaime se decanta por mi boca. Dice que tengo labios de morder. A Teresa le encanta mi cintura. Jaime se vuelve loco por mis pechos. Son un poco excesivos. He pensado pasar por el quirófano para reducirlos, pero no acabo de decidirme. Teresa envidia mi vientre. Es plano, sin un átomo de grasa. Jaime prefiere mi trasero. Siempre está tocándomelo. Cada uno valora una parte de mí y yo no soy dos; soy una solo. Aunque también soy dos. Porque ni finjo ni me esfuerzo en aparentar con uno o con otra. Con Teresa me siento más persona, con Jaime más hembra. Con Teresa soy equilibrio, comprensión, ternura y pasión. Con Jaime soy tetas gordas, mucho culo y mucha pasión. Amiga amante y amante puta. Aquí Pepa Fernández, para lo que gusten.
Hasta hace un par de años me consideraba una típica chica hetero. ¿Experiencias previas homo? Ninguna. Bueno, a los trece años mi amiga Pili y yo nos besábamos en la boca. Era para ensayar y no hacer el ridículo si nos besaba un chico. Cuando nos dábamos la lengua, se me ponía el cuerpo revoltoso, pero Pili y yo éramos demasiado inocentes para pasar a mayores. Cristina me sedujo. Le he perdido la pista, aunque nunca jamás le agradeceré bastante que me abriera los ojos sobre esa parte de mí que estaba ahí sin yo sospecharlo. Nos conocimos en el gimnasio y simpatizamos de inmediato. Nos hicimos amigas. Una tarde –estábamos en su apartamento- le comenté que tenía el cuello rígido y me propuso darme un masaje. ¡Qué manos tenía la condenada! Quedé tan encantada que ni siquiera reaccioné cuando las manos se le fueron por otros caminos que tenían bien poco que ver con el cuello. Por no protestar, ni lo hice cuando me bajó el tanga y empezó a lamerme. Ni me lo creía. Eso no podía pasarme a mí. Además me gustaba. Bueno, gustarme es poco. Me ponía a tres mil trescientos. Era aun mejor que las trufas de chocolate. Una revelación. Un pasmo. La Sinfonía Júpiter. El tercer movimiento de la Quinta de Bethoven. La puritita gloria.
Ser agradecida es de bien nacida. Le correspondí. Nunca había lamido la entrepierna de una chica. La encontré rara, pero no desagradable. Al contrario. Me gustó. Lamí y chupé a Cristina como siempre había deseado –y nunca conseguí- que me lamiera y chupara un hombre. La hice retorcerse de gusto, como minutos atrás me retorcía yo. Un éxito, vamos. Aquí Safo, aquí un nuevo fichaje. El gusto es nuestro.
Al día siguiente estaba hecha un lío. ¿Habrían dejado de gustarme los hombres? ¿Me gustaban las mujeres en general o solo Cristina? Dos buenas preguntas a contestar por su orden.
No, no habían dejado de gustarme los hombres. Al revés. Ahora me gustaban más. En cuanto tuve uno a tiro, me precipité sobre su verga y no paré de atenderla hasta que me la hincó entre los muslos. Fuegos artificiales. Volteo general de campanas. Una gozada, vamos.
La respuesta a la segunda pregunta tardó más en producirse. Una puede tener un rollo con una amiga, pero eso no la convierte en experta en ligues con chicas. A esos efectos sigue siendo una novata tartamuda. Un pato en un garaje. La paloma de la paz, con ramo de olivo incluido, en la mesa del despacho oval. Algo así. Lo único que podía hacer era dejarme querer...si es que alguna mujer me quería.
Y me quiso. Las que están en el secreto tienen fino el olfato. Interpretan miradas. Adivinan pensamientos. Te desabrochan el sujetador en cuanto te descuidas. Podría haber sido otra, pero fue Teresa. Divina Teresa. Tierna, dulce, apasionada Teresa. Amor.
Las ocho menos cuarto. He de arreglarme. ¿Cómo me visto? Hay que comenzar por el principio. ¿Braguitas azul pálido? ¿Tanga rojo pecado? Imagino a Jaime en caso de ropa equivocada: “¿Por qué vas de monja?” Y a Teresa en la misma situación: “Pero Pepa...Que hoy no es carnaval...” Dispones en un silloncito la digamos- ropa de Jaime y dejas sobre la cama la de Teresa. El ying y el yang. La golfa y la romántica.
Me asomo a la ventana. Pretendo ganar unos segundos porque veo la entrada de la calle. Circuito de Les Mans. ¿Quién llegará antes a la meta? El Audi de Jaime o el Megane de Teresa? Juego a que uno de los dos, no sé cual. Llegue antes de que pasen veinte automóviles. Catorce. Quince. Dieciséis. Bueno, antes de que pasen cuarenta. Pruebo a quitar el chándal. Me cronometro. Catorce segundos. Vuelvo a ponérmelo. Tengo suerte de que el ascensor sea tan lento. Cuarenta segundos más.
Suena el timbre de la puerta. Trago saliva al ver como se precipitan los acontecimientos. Abro. Es Teresa. Es Jaime. Son los dos. Llegan a la vez. No se conocen de nada. Supongo que han coincidido en el portal con algún vecino que ha abierto el patio. Han entrado en el ascensor. “Voy a la cuarta planta” “Yo también”. Uno de los dos llama a la puerta y el otro se le pega al pespunte. “Pasad, pasad. ¿No os conocéis? Teresa, este es Jaime. Jaime, esta es Teresa. ¿Os apetece una copa?”.
Me refugio en la cocina. ¿Y cómo me visto yo ahora? Le preparo a Jaime su Ballantines con mucho hielo y a Teresa su Martini cóctel seco. Vuelvo a la salita y les tiendo las bebidas. Teresa y Jaime charlan animadamente. Parecen tener feeling. Y ¿por qué no? Teresa se ha hecho también a unos cuantos tíos. ¿Por qué no?
Jaime está sentado en el sofá, Teresa en el silloncito. Me acerco a ella y le doy un beso en la boca, pero un beso de verdad, con lengua, labios, morros, orquesta y banda, un beso de esos de toma pan y moja. Jaime abre ojos como platos. Antes de que reaccione, me dedico a él y le hundo la lengua hasta el fondo de la garganta. Teresa es muy lagarta. Sonríe. Me ve venir. Me saco la parte de arriba del chándal. No llevo sujetador y tengo erizados los pezones. “Pepa, ¿no vas a dejar que terminemos la copa?”. Teresa es así. Práctica. Cada cosa a su tiempo. “Voy abriendo la cama”. Jaime pone esa cara que se gastan los hombres cuando piensan: “¡Madre, pero donde me he metido!”. Es mi amiga quien lo trae de la mano al dormitorio y le pregunta: “¿Nos hacemos a la chiquilla?”.
Dulzura y fuerza. Para Teresa. Para mí. Jaime es quien sale perdiendo: dos raciones de lo mismo. Las nenas lo tenemos mejor arregladito. El hombre para nuestra sed, nosotras para nuestro deleite. Componemos un trío de película porno. Cierro los ojos, abro la boca, y busco lo que se ponga a tiro: un pecho, un polla, un coñito, la boca de no sé quién. Mejor apagar la luz. El dormitorio queda en total oscuridad. Chupo, me chupan, me tocan, toco, una mano me busca la entrepierna, otra distinta me la encuentra a la primera. Suena el teléfono. Debe ser mamá. Estoy tan salida que de poco la invito a la fiesta. Pero no. Que tenga una amable conversación con el contestador. Ella disfruta con esas cosas. Así se entretiene mientras su inocente hijita se gratifica el cuerpo. ¡Mira que bien! Un pechito que llevarme a la boca. Lo lamo, me centro en el pezón, sé como llevar al cielo a Teresa sin salir de la cama. ¡Pero bueno! ¿De quién es esta polla que me tantea el culo? Hoy estás como nunca, Jaime. Te gastas el obelisco de la Plaza de la Concordia de París. Parece que te van las multitudes. ¡Mira que coñito más rico! Es un decir, porque no hay luz y lo que se dice mirar no puede mirarse nada. Tocar sí. Dos lenguas recorriéndome el cuerpo a la vez. ¡Vaya lujo! Esto tenemos que repetirlo. Y yo toda la tarde pensando en cómo me vestía. ¿Seré gilipollas? Lástima no ser más gente. Una polla sabe a poco. Si hubiera varias podríamos jugar a eso de “pito, pito, gorgorito, esta quiero, esta también”. Pero Teresa, no te enfurruñes, no solo de pollas vive la nena. Te voy a meter tantos lengüetazos en semejante sitio que se te va a quedar cara de gusto hasta que te mueras. Te lo digo yo. Oye, que éste se corre. Estos hombres no tienen aguante. En cuanto se la chupas un poco y dejas que te den un rato de matarile, se hacen chiquitos, chiquitos que ya ni se les ve. Encima lo pringan todo y si te descuidas te embarazan. ¡Señor, que cruz! No sé por qué nos gustan. Venga, Jaime, vete a boxes. Tómate una copa y recupera fuerzas. Mientras nosotras seguiremos a lo nuestro. Un buen sesenta y nueve siempre será un buen sesenta y nueve. Y cuando vuelvas, hombre de nuestras vidas, cuando vuelvas a convertirte en machito juguetón, sabremos atenderte como mereces. En tanto, déjanos a nuestro aire. Son las ventajas de pegarle a todo.
Y yo que no sabía como vestirme…
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…Marita, mujer, no puedes hacerme esto, las amigas estamos para ayudarnos, si fuera al contrario te dejaría sin problemas mi apartamento de la playa, compréndelo, yo no puedo ir allí, me conocen , está el portero, hay vecinos que viven todo el año, fíjate que apuro, en cambio tu chalet es ideal, se llega en un momento, es tan discreto, venga mujer, hoy por ti mañana por mí, él no tiene dónde llevarme, es estudiante y vive con sus padres, ya pasé la edad de hacerlo en el coche, me gusta estar cómoda, darme el gusto en una buena cama, dejar la falda plegada en el respaldo de la silla, nada de enredarme los pies con el cambio de marchas, una señora es señora hasta para estas cosas, y Carlos, porque se llama Carlos - ¿no te lo había dicho?- es un sol, pero es joven, tiene poco mundo, mejor así, los hombres se malean con el tiempo, mira nuestros maridos, mucho fútbol, mucha partida de póquer y a nosotras que nos parta un rayo, a Carlos lo conocí por casualidad, cosas del destino, y el caso es que lo había leído en lo del horóscopo “Virgo, hoy comenzarás una hermosa relación”, suena el timbre de casa y era él, venía a hacer una encuesta, nada más verle pensé que era muy mono, con el mechón de pelo que le caía sobre los ojos, tan dulce, la voz tan bonita que daba gusto oírle ¡ah! y tiene una sonrisa que hace que se te afloje la goma del tanga, te lo juro, Marita, sabes que no soy de las que se dan un revolcón con el primero que llega, pero Carlos es especial, no te lo presento para que no me lo robes, y me pregunta cuántas horas al día veo la televisión, iba a decirle que con él al lado no la miraría ni un minuto, pero no le contesté eso, no quise asustarle, me había pillado recién levantada de la siesta, casi sin arreglar y muy mal que me supo, solo había tenido tiempo de quitarme las legañas y de pintarme los ojos, bueno, también los labios, estaba de aprobado rasito, y Carlos me pregunta si suelo ver los documentales de la segunda cadena, y yo pues que sí, que eso hace como fino, no te he dicho ni como iba, muy normal, llevaba ese vestido playero con escote de barca que compramos juntas, sí, mujer, tú te encaprichaste de la blusa rosa que te está tan bien y yo del playero, bastante escotado, la verdad, y en eso que, sin mala intención, me inclino hacia delante, la vista me queda a la altura de su entrepierna y veo que en un segundo mi chico monta la tienda de campaña, eso agrada, una se siente la protagonista de la peli, y sobre todo siendo él tan joven, qué forma de mirar, casi se me cuela dentro, se le salían los ojos, yo no llevaba sujetador y me vería hasta el ombligo, tampoco es para tanto, aunque he de reconocer que de pechos no estoy nada mal, y él como si yo fuera la piscina y él estuviera en el trampolín, miradas como esa hacen que una se sienta segura y se reconcilie con la vida, hemos cumplido los treinta y cinco, pero todavía gustamos, Marita, por lo menos yo, me sentía tan bien que seguí inclinada para que el chico se pusiera a gusto y por la tienda de campaña se veía que lo estaba, comenzó a tartamudear, casi me parto de la risa, no daba pie con bola, y yo un poco más inclinada, se me endurecieron los pezones, tuve una inspiración y le comenté que tenía que salir y que podía llevarle en el coche adónde él quisiera, pero no creas, se lo dije en fino, no en plan zorra, me salió muy natural, no le dejé ni contestar, me arreglé en un momento, informal, falda vaquera y top, sujetador para qué, cuánto menos ropa lleves es más fácil quitártela, le invité a una copa en un pub discretito, estaba muy cortado, eso reconforta, que una está acostumbrada a los machitos pavos reales que te van perdonando la vida y miran como si te hicieran el favor de saber que existes, Carlos no es así, estaba embobado, ni se atrevía a tocarme, tenía que arrimarme yo, lo hacía con todo el gusto del mundo, un roce por aquí, otro por allá, se fue animando y a poco estábamos haciendo manitas ¿te imaginas? A estas alturas y haciendo manitas como cuando éramos colegialas, recuperar de golpe la adolescencia, los granos no, Marita, los granos no, solo las ilusiones y las trenzas, volver a aquellos tiempos en que una decía “Carlos” y ya lo había dicho todo, más no se puede, una palabra tan corta y te da un vuelco el alma, pero no estamos para perder el tiempo, hay que ir a lo positivo, nos besamos en el coche, caramba con el móvil, me estoy quedando sin batería, te decía que nos besamos en el coche, él no sabía qué hacer con la lengua, con las manos sí, le salieron manos por todo el cuerpo, mil, dos mil, un millón de manos, me dio un repaso guapo, Marita, yo le tanteé el palo de la tienda, estaba más mojada que en la ducha, pero soy sensata, se hacía tarde, a mi marido le gusta encontrarme en casa cuando vuelve del trabajo, así que nos dimos los números de los móviles y fin del primer día, a la noche el hombre de la casa, que es más pesado que las moscas en Septiembre, me buscó en la cama y esta vez me encontró, que yo llevaba mucha calentura en el cuerpo, él ni se lo creía, hacia mucho que no me veía tan entusiasmada, solo fue cuestión de cerrar los ojos e imaginar que era mi Carlos quien me arreglaba el capacito, y al otro día, o sea ayer, Carlos me llama al móvil, hemos quedado esta tarde, Marita, pero no es plan agarrar calentones en el coche, has de dejarme las llaves del chalet, mujer, te estaré eternamente agradecida, no puedo desaprovechar la ocasión, jamás me lo perdonaría, éste chico no se me escapa, tú tienes la palabra, soy ordenada, ya lo sabes, el chalet quedará perfecto, pero necesito las llaves, Marita, por lo que más quieras, préstamelas y no seas una mala amiga…
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I
No hace falta la luna
ni música suave.
Las estrellas son falsos decorados.
Solo un fuego de sangre y estas manos
para amasar tu cuerpo.
II
Eres una gacela temblorosa
y al tiempo mármol tibio.
(Hay trenes en mis manos)
Vive en ti el miedo oscuro de la luna
y la firmeza estática del lirio.
(Caballos poderosos)
En un inmenso cuerpo,
los dos vísceras hondas enlazadas
por una red minúscula de nervios.
(Mujer, cierra los ojos.
Está soplando el viento).
III
Yo cocinero
y en la cocina amor,
para batir amor veces y veces,
añadirle pasión, magia y milagro,
idear la más dulce de las salsas
y bautizarla luego con tu nombre.
IV
Tu boca es un mar calmo
donde naufraga el tiempo,
redondo torbellino
en que enlazar serpientes
carnosas y distintas.
Es un reloj rotundo
con un solo minuto
que puede durar siglos.
No hay fuera sinfonías
ni soles volteando.
Sí dentro.
V
Dulce, moreno y cálido es el peso
de tus pechos dormidos en mis manos.
Si despiertan, despiertan dos veranos,
dos soles para el tacto y para el beso.
De tus pechos me sé cautivo y preso.
Tus pechos y mis manos son hermanos.
En ellas se acomodan, soberanos,
robándome a la vez sentido y seso.
Es imán cada pecho. Y cascabel.
Con instinto de abeja voy en pos
de la carnosa flor que crece en él.
No hay un altar mejor ni mejor dios
que tus pechos rozándome la piel.
Son para mí dos dioses, pues son dos.
VI
Mi hambre tremenda ventea
tu campo de hierba oscura.
(Cuando te alcance al galope,
te temblará, nieve y leche,
la cintura)
Dan mil golpes mis miradas
al tambor de tus caderas.
Mis muslos sueñan tus muslos
ennegrecidos de tierra.
Está subiendo la fiebre
en esta orilla del río.
Tú y yo un cuerpo. Solo un cuerpo
tuyo y mío.
VII
Busco tu centro, amor. Quiero llegar
más hondo que jamás nadie ha llegado,
por senderos de amor y de pecado
y nudos que aun nos quedan por atar.
Busco tu centro, amor. Quiero gustar
tu goloso sabor dulce y salado.
Mi lengua un pececillo disparado,
mis labios sus aletas en tu mar…
VIII
A golpe de riñones te embisto y me recibes.
El fuego nos consume. No hay aire. Sí gemidos.
Barreno tus entrañas a golpe de riñones.
Me arañas los costados. Sonríes y sonrío.
Te aplasto cuerpo a cuerpo y abarco con las manos,
sedientas como zarpas, las nieves de tus glúteos.
Te muerdo labio y cuello. Me lames cuello y labio.
Me abrazas con los muslos.
Se te olvidó mi nombre. Se me olvidó tu nombre.
Ni tú ni yo pensamos, que ya piensa el instinto.
Cambiamos los sudores. Me abrazas y te abrazo,
y, de sentirnos tanto, perdemos el sentido.
Comienzan los milagros. Los dos somos un cuerpo.
La carne se hace sexo. Los sexos se hacen zumo.
Se tensan los cordeles y el ritmo se acelera.
Las voces no son voces: son gritos o murmullos.
Mujer, sácame el jugo espeso de la hombría.
Te llenaré a calientes y fuertes oleadas.
Me perderé contigo por un infierno nuevo
de recias llamaradas.
Y llego, y me derramo, y gritas que me quieres,
y grito que te quiero.
Y son nuestras dos voces dos sangres hechas una
en un mismo jadeo.
IX
Superviviente
de una pelea vieja como el mundo,
todo en mi rededor era algodón en rama
en un planeta Tierra paralelo.
La paz era un murmullo
de brisa y hojas verdes
y en mi sangre latían campanadas.
Era superviviente
sacudido a oleadas todavía:
Mi cuerpo, un dulce orgasmo en retirada.
X
Cuando vuelvo de tu abrazo,
he de rozar a la muerte para regresar a tierra.
(Entre lo eterno y el mundo ella está de centinela)
XI
Hace pocos minutos
he besado tu rostro y te he lamido el cuello,
y he tocado tus pechos
abarcándolos, tibios, con las manos.
Hace pocos minutos
he llenado tu vientre
y tú me has hecho tuyo.
El miembro no se duerme.
Por el contrario, crece y late de deseo.
Mujer, abre los muslos.
Hazme tuyo de nuevo.
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El diario “Las Provincias” de 4 de Enero de 2011 publicó en portada una bonita fotografía de almendros en flor, glosando al pie, con lirismo encomiable, el anuncio de primavera en época tan temprana. En la página 22 -y en la sección de “local”- una escueta gacetilla, inadvertida para la mayoría de los lectores, daba cuenta de un curioso fenómeno ocurrido en la biblioteca pública de la Calle del Hospital y relatado por el funcionario encargado de la misma. A media mañana del día anterior, la biblioteca fue inundada por una especia de bruma de color azul intenso que no dejaba ver a un paso, y menos leer. La bruma no ocasionó inquietud. No había lectores en la biblioteca. Se desvaneció a poco.
A las cuarenta y ocho horas de la aparición y subsiguiente desaparición de la bruma azul, Luis Terol, auxiliar de biblioteca de la Calle Hospital, buscó en la estantería C de la armariada H un libro que no encontraba y que sospechaba perdido: El paraíso ídem de Milton. No dio con él, pero halló, en el “Tratado del poder civil en causas eclesiásticas” obra del mismo autor, dos manchas fluorescentes de color púrpura que, dotadas de rara movilidad, subían y bajaban por el lomo del libro en trayectoria caprichosa, errática y reñida con las leyes de la física. Luis Terol, aterrorizado por el fenómeno, salió aullando del edificio. Los médicos que lo sedaron en Urgencias no le creyeron cuando contó lo que había visto con sus propios ojos. Se le dio de baja por depresión, con el consiguiente alborozo de la persona que estaba en puertas en la Bolsa de Trabajo y que pasó a ocupar interinamente su puesto. El nuevo auxiliar tenía un notable respeto a los libros: nunca había leído ninguno.
El 16 de Enero de 2011, un estudiante entró en la biblioteca de la Calle Hospital. Pese a lo noticiable de dicha entrada, ningún medio de comunicación se hizo eco del acontecimiento. El referido estudiante, de nombre Sergio y apellido desconocido por ilegible, rellenó la correspondiente ficha y solicitó “Los mitos de la historia de España” de Fernando García de Cortazar. Al devolver el ejemplar, manifestó su extrañeza por la rara circunstancia de que a lo largo del texto y en el propio título no existieran eñes, letras sustituidas por enes en cada ocasión. El recién nombrado auxiliar de biblioteca no dio importancia al comentario. También se encogió de hombros cuando Raúl, el chico de la limpieza, le informó que el suelo de la biblioteca estaba lleno de palitos negros y cortos que tiznaban los dedos.
Al día siguiente, el estudiante pidió el mismo libro con el que había trabajado veinticuatro horas antes. Palideció nada más verlo. Lo hojeó nerviosamente y preguntó si el ejemplar era el mismo que había tenido el día anterior en sus manos. El auxiliar consultó el ordenador y le informó que sí, porque solo existía un ejemplar en la biblioteca. El estudiante Sergio, cuyo apellido no se supo nunca ya que jamás volvió a hablar, tuvo un ataque de terror pánico y hubo de ser conducido en ambulancia a la clínica mental más cercana, en la que ingresó en estado catatónico. Kevin García, el auxiliar de biblioteca interino, de nada se asombraba y tampoco era curioso. Volvió a colocar el libro en la armariada y continuó con el crucigrama del periódico.
Raúl, el chico de la limpieza, encontró, a la noche, el suelo lleno de enes. Suspiró y las escondió debajo de la alfombra. Se le habían acabado las bolsas de basura y no se le ocurrió mejor solución.
Dos días después, el auxiliar observó que el libro que había manejado el estudiante estaba mal colocado en la estantería. Kevin García era persona ordenada. Leyó al descuido, al ponerlo bien, el título: “Los mitos de la historia de Espa a”. Si en lugar de enarcar las cejas y volver a su crucigrama, hubiera abierto el libro, habría comprobado que los espacios que las enes y las eñes debían ocupar en el texto, estaban en blanco.
La misma tarde, la obra “El Paraíso en la otra esquina” de Mario Vargas Llosa, que se había comportado con exquisita corrección desde su ingreso en la biblioteca, olvidó los buenos modales y eructó. Kevin García no se percató de ello. Hablaba con su novia por el teléfono móvil.
Horas después, Raúl, el chico de la limpieza, encontró muchas haches intercaladas colgando de las lámparas. Rezongó y las alcanzó utilizando la escalera de mano.
Kevin García compraba cada día el periódico solo por el crucigrama. Noticias de extraños fenómenos sucedidos en bibliotecas de distintos países le pasaron desapercibidas. Cuando dos periodistas intentaron entrevistarle, movió de un lado a otro la cabeza y les aseguró que en su biblioteca –la llamaba su biblioteca- nunca había ocurrido nada fuera de lo normal. Los periodistas quedaron bastante desilusionados.
El 21 de febrero de 2011, festividad de San Pedro Damián, el segundo tomo de “Las obras de Fígaro” de Mariano José de Larra, editado en París, imprenta de Charles Blot, calle Bleue nº 7, enfermó de escarlatina, y “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas y “Goldfinger” de Ian Fleming intercambiaron sus héroes. Ahora el agente 007, Bond, James Bond, galopaba en busca de los herretes de la Reina de Francia y el caballero D´Artagnan pedía los martinis removidos pero no agitados. Enfermedad e intercambios se produjeron sin problemas. La biblioteca estaba vacía. Kevin García se encontraba ausente, aunque no del todo. Estaba en el servicio de caballeros, sentado en el váter y aliviaba sus intestinos.
El 1 de marzo, festividad de San Rosendo, el suelo de la biblioteca atardeció lleno de uves, tes y letras mayúsculas miniadas procedentes de facsímiles de incunables. Raúl se quedó con una R mayúscula preciosa, dorada toda ella, que decidió colocar en la puerta de la taquilla del vestuario del gimnasio. Echó el resto de las letras en la bolsa de la basura.
El 4 de marzo por la mañana “El Sabor de la tierruca” de Pereda, murió de viejo. No se celebró funeral. La tarde del mismo día, “Marihuana en exterior. Cultivo de guerrilla” de Jorge Cervantes, decidió emprender el Camino de Santiago y pedir perdón por sus pecados al Apóstol. Comunicó su decisión a “Guía literaria para perder peso durante el sexo” de Richard Smith, editada por Lasser Press Mexicana S.A. La Guía no le hizo caso. Acababa de descubrir que las palabras jugaban al escondite en sus primeras cincuenta y seis páginas y que las efes estiraban a las aes mayúsculas de las trenzas.
El 10 de marzo de 2011, Jacinto Roda, estudiante de tercero de Derecho, estuvo a punto de entrar en la biblioteca de la calle del Hospital. Fue lástima que a última hora se arrepintiera de su propósito. Hubiera sido el primer cliente del mes y el segundo del año.
El 26 de marzo, el libro “Las alegres comadres de Windsor”, obra de juventud de William Shakespeare, se cansó de compartir estantería con “Seis personajes en busca de un autor” de Luigi Pirandello, y se suicidó. Antes de morir confesó que Shakesperare fue analfabeto toda su vida. Los libros a él atribuidos se quedaron sin letras de inmediato. “Romeo y Julieta”, obra muy pagada de sí misma, sollozó con desconsuelo, incapaz de arrostrar su vulgar destino.
La fuga de letras, una verdadera estampida, se realizó en total desorden. El suelo de la biblioteca quedó hecho una pena. Aquí y allá había motones y montones de letras y palabras, la mayoría ya muertas. Algunas se agitaban espasmódicamente en la última agonía. Raúl, el chico de la limpieza, tuvo que hacer horas extraordinarias que no consiguió cobrar nunca jamás, pese a sus insistentes reclamaciones y a la intervención del sindicato.
Kevin García, el auxiliar de biblioteca interino, comprobó el 31 de agosto de 2011, festividad de San Ramón Nonato, -y lo comprobó por verdadera casualidad- que la biblioteca ya no lo era, porque no había ningún libro en sus armariadas. Había, eso sí, miles y miles de páginas en blanco, cosidas y encuadernadas, algunas en piel y las demás en rústica. Los lomos y cubiertas no conservaban vestigios de títulos o autores. Kevin García, temeroso de perder su puesto de trabajo, no dio cuenta de la anomalía a la superioridad. Se llevó cuatro ¿libros? tomados al azar para proveer a su hijo pequeño de papel en que dibujar monotes. Veintidós años después proveía a sus nietas de ¿libros? con las hojas en blanco. Ellas dibujaban princesas.
En el mundo había muchas bibliotecas, pero aún había más Kevins García. La muerte de los libros, su desaparición del planeta, pasó absolutamente desapercibida en los cinco continentes. Nadie les rezó un responso. No hubo quien pronunciara sentidos discursos en su entierro. Nadie pensó que aquella era una muerte anunciada, porque los libros solo son libros mientras haya alguien que los lea.
Todos y cada uno de los habitantes de la Tierra siguieron jugando con sus play stations.
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Éramos catorce mil quinientas personas. Las suficientes para montar una buena orgía.
Al principio no tuve suerte. No sé cómo ni por qué, me encontré en medio de un grupo de hombres coloradotes y panzones de mediana edad. Hablaban a gritos. Al reír, les temblaba la tripa igual que un flan cuando se remueve el plato. Me largué en cuanto pude. Con franqueza, hay cosas mejores que encontrarse rodeado por una veintena de bebedores de cerveza, desnudos como vinieron al mundo. El menda tiene otro concepto de la aventura.
Me abrí paso entre el gentío –catorce mil quinientas personas; se dice pronto- en busca de mejor acomodo. Me di de bruces con una cuarentona entrada en carnes, de pechos llenos y pezones abultados. La mujer no estaba nada mal. Tenía pinta de descarada. Le sonreí. Me sonrió. Nos sonreímos.
- ¿Cuándo empezará esta movida? –le pregunté por decir algo.
- Supongo que enseguida.
Tenía la voz agradable. Un punto más a su favor. La contemplé a mis anchas. No muy alta. Más bien llenita. Para ser chica Playboy le sobraban veinte años y quince kilos, pero jamás me gustaron las nenas de plástico. Esta tenía algo. Se la veía acogedora. Una mujer con la que sentirse cómodo. Se notaba la marca del bikini: Rostro, estómago, piernas y brazos, morenos. Pechos, vientre y nalgas, de una blancura que casi lastimaba. En la entrepierna, un matojo de vello oscuro.
- Me llamo Carlos ¿y tú? Porque supongo que puedo tutearte.
Claro que podía. Hubiera resultado absurdo que anduviéramos con protocolos, estando no ya los dos, sino los catorce mil quinientos, desnudos como gusanos.
- Yo soy Nuria.
- ¿Has venido sola?
Cuánto más la miraba, más rebuenota me parecía.
- Estoy con mi hija y con su novio.
Aposté mentalmente porque su hija se llamara Jessica o Vanesa. Es el destino de las hijas de las Nurias y las Montses. Se llamaba Vanesa. Más bien poquita cosa, pechitos en forma de pera con pezones rosados y boca de chupona. El novio, un chaval majo, aunque la tenía pequeñita.
-El fotógrafo ese estará contento. Somos un montón.
El fotógrafo se llamaba –y llama- Spencer Tunick. Está un poco pirado. Le da por retratar al personal en pelota, pero a lo grande. Nada de uno ni de dos. Por menos de quinientas personas, no le quita la funda a la cámara. Va por el mundo montando el número y tanto le da liarla en Sao Paulo, en Melbourne o en Santiago de Chile. Le ha encontrado el truco a eso de viajar gratis. Ahora era el turno de Barcelona."Quien quiera posar desnudo, debe acudir a la Plaza de Espanya el 8 de junio de 2003 a las cuatro de la madrugada". No pagaban ni un euro. Acudimos catorce mil quinientos. Luego dicen que los catalanes nos movemos por la pasta. Se montó un gigantesco vestuario – para quitarse la ropa- en el Palacio de Metalurgia de la Feria. Por un lado entramos catorce mil quinientos textiles y por el otro salimos catorce mil quinientos hombres y mujeres en plan Adán y Eva antes del rollo de la manzana. Lo más duro fue abandonar los teléfonos móviles. Uno se siente desnudo sin ellos.
Me alegré de haber acudido a la movida. La Nuria me apetecía cada vez más. Me juré que no se escapaba viva. ¿La hija y el novio? Nada importante. Los despistaríamos cuando fuera oportuno. No sé si alguno de vosotros suele charlar de vez en vez con tías buenas, hijas y novios en la confluencia de la Plaza de Espanya con la Avenida de María Cristina de Barcelona, culos, tetas, coños y vergas a la vista de vecinos y transeúntes. Si no lo habéis hecho, os lo recomiendo. Vale la pena. Uno respira autenticidad. Sencillez. Libertad. La normal y pacata escala de valores se va a hacer puñetas. Vivir resulta menos adocenado. Más alegre.
Un murmullo.
- Esto ya va de veras.
Lo iba. El tal Spencer Tunick, provisto de un megáfono, daba instrucciones desde lo alto de una grúa móvil. Teníamos que tendernos en el asfalto mirando al cielo. Lo hicimos. Nuria se tumbó a mi izquierda. Le rocé la cadera con la mano y mi verga también miró al cielo. A mi derecha tenía un tipo peludo, como el oso Yogui pero en desagradable. Éramos más tíos que tías, al menos por mi zona. Pero había chavalas. De las que a mí me gustan. Normales y corrientes. Sé a lo que puedo aspirar. Las mujeres 10 salen en el cine y en las revistas. Se las mira y punto. Luego están las demás. Las únicas posibles. No te dejan sin respiración, pero tienen de todo y son agradecidas. Me encanta ver desnudas a esas mujeres. Uno las contempla y se imagina cosas. Las ve accesibles. Puedes hacértelas. La Nuria por ejemplo. Las mujeres 10 llevan cosida una señal de prohibido el paso en sus pechos divinos. Solo se hablan con millonarios. No lo soy.
A tres cuerpos había otra chica de las que me gustan. Poco pecho, aunque eso ni se sabe. La más opulenta se queda en nada tumbada boca arriba. Ese es un fallo garrafal de la naturaleza. Si hubiera un Dios sensato, lo corregiría. Intenté llamar la atención de la nena. Difícil, estando los dos tumbados. Luego el Spencer Tunick voceó que ya había tomado su primera foto y pudimos incorporarnos.
La chica sin tetas –que, de pie, sí que tenía - era simpatiquísima. Un puro cascabel. Se llamaba Carla. Me dijo que en una hora se iba a montar un fiestón en casa de unos amigos y que estaba invitado. Era muy cerca, a doscientos metros, en la calle de la Creu Coberta. Tuve una inspiración y le hablé de la Nuria, de la Vanesa y del como se llamara. Sin problemas. Podíamos ir los cuatro. No teníamos que preocuparnos de llevar nada. Era una invitación sorpresa y ¿qué se podía comprar un domingo a las siete de la mañana?
La Nuria no se lo pensó dos veces. Se apuntó con una sonrisa de oreja a oreja. Juraría que se le endurecieron los pezones. La nena y el novio no dijeron nada. Ni a favor ni en contra. Quien calla otorga.
En cuanto acabamos lo de las fotos, corrimos a recuperar la ropa. No nos la pusimos. ¿Para qué? Íbamos de fiesta. Mejor llevarla debajo del brazo. Cruzamos la Plaza de Espanta y entramos en Creu Coberta. Da gusto sentir el frescor de la brisa en el culo. Tonifica los músculos. Llegamos al portal indicado. Estaba abierto. Llamamos al ascensor. Bajó. Dos señoras muy peripuestas salieron de la cabina. Debían ir a misa. Se quedaron con la boca abierta.
- Es que vamos a una fiesta – se justificó la Nuria.
Casi apretaron a correr. La más joven no quitaba ojo de mi verga.
- Si quieren venir a la fiesta, están invitadas.
Ahora corrieron. Huían de la tentación. Se escondían del acoso de los machos. Renunciaban al pecado de la carne. Allá ellas.
Subimos al tercero. Puerta ocho. Primera sorpresa: Nos abrió el oso que tuve tumbado a mi vera. El Yogui sin carisma. Tenía pelos por todos lados. Nos hizo pasar y nos ofreció güisqui. Dio de paso un par de cariñosas palmadas a los culos de la Nuria y de la Vanesa. El novio puso cara de mosqueo, pero se aguantó. Un oso es un oso.
-Revolcaos donde os acomode.
Buscamos un hueco. No fue fácil. En lo de las fotos éramos catorce mil quinientos. Aquí seríamos unos catorce mil. Era una señora fiesta. Un chaval pelirrojo con barba y un tatoo en las nalgas me pasó un canuto de marihuana, la Nuria me dio un beso de lengua y una chica rubita me chupó la verga. Sabía chupar de maravilla la condenada. Pasé la pava tras darle una buena calada a la maría y aproveché la ocasión para palpar las carnes de la Nuria con la mano derecha, en tanto buscaba con la izquierda lo que se me pusiera a tiro. La chica rubita seguía a lo suyo, dale que te pego. Un culo. Le aticé unos cuantos pellizcos. Vi por el rabillo del ojo que la Vanesa triunfaba. Les daba marcha a cuatro tíos. Empuñaba una verga en cada mano. Se comía una tercera. Una cuarta polla le buscaba el coñito. ¿Dónde andaría el novio? Un flash. Otro. Alguien hacía fotos. No importaba. De perdidos al río. Agarré a la rubita chupona y me la senté encima. Despatarrada. Cara a mí. Se la metí hasta el fondo. Dio tal grito de gusto que casi acuden los bomberos. La Nuria no se resignaba a permanecer en segundo plano. Me mordía la nuca. Escribía en mis hombros con las uñas. Me restregaba las tetas por la espalda. Tenía los pezones de piedra caliente. Alguien empezó a hacerme cosquillas en el culo. Miré de reojo. Era el novio. Se gastaba una erección muy guapa. Ya no se le veía tan pequeña. Le dejé hacer. En una fiesta todos han de divertirse.
Alguien bajó las persianas de los ventanales. Nos quedamos a oscuras. Ahora sí que fue el desmadre. El acabóse. El no va más. El punto y aparte. ¿Os ha ocurrido en alguna ocasión tantear una entrepierna buscando un coñito y encontrar tranca y par de huevos? ¿O que te toqueteen unas manos que ignoras de quién son? Todo se hace irreal. Al cabo de un rato ya no sabía si me estaba tirando a la Nuria o si era el oso quien se me estaba tirando a mí. Todo eran manos, culos y lenguas. Soy hetero declarado, pero os juro que, en estas ocasiones, da lo mismo tres que treinta y tres. Vas a salto de mata. A lo que salga. Todo vale. Quien haya vivido una orgía, lo sabe. El que no…que no sea bobo y que la viva. Así me entenderá.
Jugué al rugby en la universidad y he estado en cientos de melées. Ninguna como esta. Éramos un montón. Unos encima de otros. Todos bajo de todos. Aquí te pillo, aquí te mato. ¿Quién encendió la luz? Yo le comía el coño a la Nuria. El pelirrojo de la barba y el tatoo intentaba meterme su verga en una oreja. El novio había desaparecido. La Vanesa estaba de tortilla con la Carla, la chica que nos invitó a la fiesta. El oso andaba masturbándose mientras gritaba "¡Visca el Barça!". Ocho o diez mil follaban como indios. El resto se había rendido. Dormían tirados por el suelo.
Me dije que ahora o nunca. Le di la vuelta a la Nuria y encaré mi verga con su culo carnoso. Una maravilla de culo. Calentito y bueno. Toc, toc. ¿Se puede? Al primer envión le saqué el estómago por la boca. Se la metí entera. Se la veía contenta de veras. Se movía en plan batidora, estrujándome con los músculos del trasero. Toma y daca. Kilo y medio cumplido de matarile. Lástima que el gentío no me dejara concentrarme. Carla, la chica sin tetas que tenía tetas, había acabado sus cositas con la Vanesa en plan suspiros hondos y pelvis estremecidas. Ahora las dos se revolcaban con el pelirrojo del tatoo. Alguien me alargó otro canuto de marihuana. El oso Yogui me besó en la boca y me pasó un buche de güisqui. Recuerdo poco más.
Llegué a casa vistiendo unas braguitas rojas y una falda escocesa. Llevaba en el bolsillo un papel con catorce mil números de teléfono anotados con tinta verde. No sé de quienes son. Todo es cuestión de ir probando hasta dar con la Nuria.
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